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De Madrid a una granja perdida en la montaña

Ligia Acevedo en su fincaMaría Ligia Acevedo cambió la algarabía de Cuatro Caminos por el silencio de las montañas cafeteras. Dejó de limpiar los autobuses de Madrid para darles de comer a sus trece cerdos y 35 gallinas. Y viendo su arte para sembrar frijol y maíz, nadie creería que vivió nueve años en España y que acaba de cumplir su primer aniversario como beneficiaria del Plan de Retorno Productivo.

Ligia, como muchas mujeres del Eje Cafetero, tomó la decisión de emigrar a España en 2001, poco antes de que empezaran a exigir visa. Atrás dejó siete hijos (“ya criados”, aclara) y se lanzó a la reinventarse la vida a sus cincuenta años. Después de probar suerte en varias ciudades, se instaló en Madrid para cuidar a una anciana hasta sus últimos días. “Ella fue la que me regaló el reloj que tengo aquí”, cuenta María Ligia, al tiempo que señala la pared de bareque (tierra) de su casa. Al morir “la abuelita”, siguió trabajando en casas de familia y limpiando los buses de la Empresa Municipal de Transportes (EMT) de Madrid.

Poco a poco fue completando el “curso del inmigrante”: se regularizó, enviaba remesas y tenía muchas, muchísimas amigas que la adoraban. “Todavía la llaman cada ocho días”, dice su hijo Eliú mientras acomoda el teléfono móvil en el único rincón donde tiene cobertura.

Pero la soledad y el trabajo físico comenzaron a desgastarla. “Se me agravó un problema que tenía en la pierna y, para acabar de completar, la médica me dijo que mostraba signos de depresión, yo que nunca había sufrido de eso”, explica María Ligia, a quien la ausencia de su familia le empezaba a pesar como una losa. Ese campanazo de alerta la hizo pensar por primera vez en el regreso a su tierra. Le comentó la idea a su jefa, que le recomendó que acudiera a AESCO, pues sabía que la entidad gestionaba planes de retorno del Gobierno español.

En la sede madrileña de AESCO se entrevistó con Josefa Guirado, responsable del programa de retorno productivo. Guirado se quedó sorprendida con la idea de empresa que venía madurando Ligia: quería montar una granja de cerdos y pollos en el corazón del Eje Cafetero de Colombia. Aunque no tenía un terreno propio, ya le había propuesto un buen negocio a un familiar lejano que vivía solo en las montañas de Ansermanuevo, Risaralda. Ella le pagaría un alquiler mensual muy bajo por la finca y, a cambio, compartirían la centenaria vivienda y los gastos de comida y servicios.

El proyecto era muy novedoso, pues significaba cambiar el ajetreo de la ciudad por los rigores del campo. “Josefa me ayudó a organizar el plan de negocio, mientras uno de mis hijos cotizaba los materiales para todo el montaje”, cuenta Ligia. En menos de dos meses estaba haciendo maletas con 600 euros en el bolsillo para arrancar su negocio y un billete de ida a Colombia.

“Todo fue muy rápido y me tocó empezar a trabajar desde el primer día que llegué al país porque no traía ahorros”, explica Ligia, quien recibió los tres millones de pesos (unos 1.200 euros) restantes a través del comité de Educación y Formación de AESCO en Pereira. “Lo bueno fue que me sentí muy acompañada desde Madrid por Josefa y aquí por Edwin (Buitrago) que siempre estuvo orientándome para solucionar los problemas que fueron apareciendo”, agrega.

Ligia Acevedo

 

Y es que ningún comienzo es color de rosa. El plan inicial de Ligia era comprar pollos pequeños para engordarlos y venderlos en el pueblo de Ansermanuevo, pero nadie contaba con las dificultades de comunicación de la finca. Para llegar a la vereda El Castillo hay que subir por un camino de tierra y barro que se va haciendo más estrecho a medida que se acerca a la finca. El único medio de entrar y salir es el todoterreno de un vecino que transporta pasajeros los fines de semana. “Cuando sacamos a vender los pollos se nos fue casi toda la ganancia en el “flete”, no se imagina la tristeza que nos dio”, recuerda la empresaria recién estrenada.

El negocio giró entonces hacia la comercialización de huevos entre los vecinos de la vereda y fortaleció el engorde de cerdos, que deja un margen mucho más amplio que los pollos. “Además, estoy sembrando fríjol y maíz, y me gustaría ampliar el gallinero porque no doy abasto con los huevos”, subraya Ligia, que está buscando un micro crédito para continuar la expansión de su negocio.  Sin embargo, su sueño de crecer se choca con la realidad de los bancos: como no tiene experiencia crediticia, no califica para un préstamo. “Creo que los retornados necesitamos más apoyo económico porque le estamos aportando al desarrollo del país”, argumenta Ligia.

Pero al margen de los desafíos económicos, Ligia está feliz de haber regresado a su tierra. “Estoy trabajando por lo mío, soy mi propia jefa. Fuera de eso, pude celebrar el día de la madre junto a mis hijos por primera vez en diez años”, recuerda. “Yo le recomendaría a la gente que está pensando en volver que planeen muy bien las cosas antes de venirse, yo no he parado de trabajar desde que llegué pero no me arrepiento”, asegura Ligia mientras pone un disco Isabel Pantoja, una de las grandes pasiones que se trajo de España, junto a su afición a la paella. “Es que hay muchas cosas de allá que uno extraña”, concluye.

 

 

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